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Al final de largos pasillos de un viejo piso de altos techos, en la que en otros tiempos fue la habitación de la sirvienta, se encuentra el hábitat y refugio urbano actual del Ser.
Un alto ventanal al fondo de la habitación permite observar y ser observado por la vecindad. En realidad, no es exactamente así, ya que solo es el balcón del piso adyacente el que tiene visión directa de la habitación, pero allí, ahora, no vive nadie salvo el polvo y algunos periódicos olvidados. En la pared, en frente de esa ventana, un viejo contrapeso de ascensor, oxidado por el tiempo atmosférico, recorre regularmente su camino. Arriba y abajo, casi como un reloj despistado. Unas macetas con plantas renacidas dan algo de verdor a la monótona perspectiva del viejo patio.
La luz que atraviesa los imperfectos cristales de la ventana deja entrever, mientras los ojos se acostumbran a la penumbra, un inmenso armario encajado en una de las esquinas. Por su tamaño y extensión, el armario puede ser considerado otra habitación, un mundo habitado por viejas cajas, ropa olvidada y, eventualmente algo más, algo de polvo. Polvo cuyo origen es completamente desconocido, aunque teniendo en cuenta el detalle de que en la parte alta del armario hay un agujero indiscreto que da directamente a la ventana, uno puede llegar a deducir que este proviene de la actividad de la civilización que, tras muchos años de cataclismos, ha llegado a prosperar en su interior, guiando su destino en torno al hilillo de luz que provoca el ciclo de apertura y cierre de las contraventanas.
Sin embargo, es justo detrás del armario, en la esquina que crea este, donde está alojada, en una pequeña mesa plegable, la verdadera pero virtual ventana al mundo, exactamente de 22 pulgadas. Esta ventana, en la mayoría de los casos, lo único que refleja es la percepción de aquel que intenta asomarse por ella, lo cual la hace en exceso aburrida.
Pero, paradójicamente, la mejor ventana de la habitación está situada justo debajo de la ventana de cristal, aunque los legos la conocen habitualmente como “cama”. Acolchada y protegida en su perímetro por placas de corcho, es en esencia el acceso al verdadero portal. Un portal alimentado por la energía de la estantería que lo preside, cargada de historias particulares y generales, por el que todas las noches dejarse atrapar, un pozo sin fondo del que solo en raras ocasiones uno quiere salir.
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