Como ya mencioné en un post anterior, Vals con Bashir tuvo el mismo efecto sobre mi conciencia que el impacto directo en un chaleco antibalas: un sordo aturdimiento. Llevo varias semanas durmiendo mal y no logro desconectar de un estado de malestar y miedo generalizado. De una u otra manera siempre acabo pensando en la muerte. Si no supiese la razón de este estado, diría que estoy al borde de una depresión.
Quizas suene exagerado que una pelicula de animación documental pueda desencadenar toda esta serie de acontecimientos. Puede que sea exagerado. Aunque lo cierto es que la experiencia que cuenta Ari Folman durante la primera guerra del Líbano es un calco de aquello que acaeció a mediados de los noventa en una república del caucaso y que de una particular manera tuve que vivir.
Corria el año 1994, y por entonces mi vida transcurria entre dos paises: pasaba seis meses en España y otros seis en Rusia. Esto no tendria porque ser así, pero mis padres querian que retuviese ciertos lazos con mi patria historica y de paso obtuviese la doble escolaridad. En aquella epoca Rusia disfrutaba de un nivel de libertad solo equiparable al de los tiempos de colonización del salvaje oeste americano: no habia limitaciones a nada. El estado como tal no existia. Dentro de ese caos se produjo una explosión de los medios de comunicación; internet empezaba a dar sus primeros pasos y las diferentes televisiones privadas luchaban, al igual que los nuevos grupos mafiosos, por alzarse con la mayor cuota de mercado y de poder. Podria decirse que uno no podia no estar informado y amenazado.
Por esa época también empezó a fermentarse otra guerra en la históricamente conflictiva región del Cáucaso. Muy pronto Chechenia se convirtió en un filón de oro para los noticiarios y en una oportunidad para ganar fama y dinero. A pesar de que la información audiovisual sobraba en la casa de mis abuelos, lo único que tenía en mente en aquella época era recuperar los meses de clase que había perdido. A pesar de este aislamiento desinteresado pronto empecé a notar que las calles estaban vacías de chavales mayores, aquellos que me solían dejar su vieja moto o me enseñaban como hacer una radio en una jabonera. Pronto empecé a notar que cada vez nos costaba más y más formar dos equipos de futbol. Las noches empezaron a hacerse más largas que el día y pronto dejé de salir de casa salvo para visitar el colegio. La televisión inundaba la casa con noticias contradictorias de masacres y de derrotas, de secuestros y de horrores. Pero aquello, como un zumbido constante, me ayudaba a centrarme en resolver mis tareas escolares. Pasadas unas semanas empecé a notar que algunas de las casas del vecindario eran visitadas por personas uniformadas, aunque pasado un mes eran algunos vecinos los que pedían a mis abuelos que les acompañasen a ver unas “listas”. Poco a poco, cada vez con mas frecuencia, mis oídos empezaron a ser testigos de historias personales y reales; esa fue la manera en la que averigüe la suerte de algunos de mis amigos. Poco antes de volver yo a Canarias, recibimos la visita de una amiga chechena de mi madre. Mis abuelos la alojaron en su casa por unos días con su marido y sus hijos. Apenas contaban nada de lo que acaecía, pero agradecieron mucho que un amigo psiquiatra le arreglase los papeles a su marido para ingresarlo temporalmente, nunca intentó suicidarse, pero bastaba mirarle a los ojos para saber que nada le unía a este mundo. Tiempo después supe que vivían en los alrededores de la plaza Minutka. Al volver a casa y reunirme de nuevo con mis compañeros de clase, enseguida me di cuenta de la luz con que se presentaban las cosas aquí. Los rusos eran los malos (en occidente siempre lo han sido), y yo a todos los efectos estéticos era ruso. Durante las clases, los profesores más progresistas siempre sacaban el tema de Chechenia, porque en su opinión lo que ocurría allí estaba muy claro. Pero puede ser que debido a que mi mente infantil no entendía que siempre hay un bando “malo” y uno “bueno”, solía contradecirles y defender a aquellos que eran siempre tan fácilmente despersonalizados. Pronto mis compañeros de clase pasaron de las palabras a los hechos y empecé a recibir palizas con asombrosa frecuencia. Quizás hubiese sido más fácil unirme a la opinión general y seguir la corriente a pesar de no creer lo mismo. Puede ser. Pero es que donde ellos veían demonios y maldad, yo veía a aquellos con los que solía pasar mis tardes. Para mi sorpresa encontré refugio entre lo mas ruin que poblaba mi colegio, no entendía porque me defendían, pero pronto el estupor se convirtió en interés y ya en aquella época empecé a decidir mi carrera. Algunos creen que me gustan las guerras, no es así, las odio, pero son la máxima expresión de lo que somos y por tanto, me interesan. Como ya mencioné en un post anterior, he visto Vals con Bashir.
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